“El trabajo de la memoria exige el rechazo de la falsificación y de la manipulación, porque el negacionismo no es una opinión, tampoco una teoría, ni una concepción. Es una ofensa a la verdad, un insulto a las víctimas y a sus descendientes ”François Hollande. Presidente de Francia.
En la antigua África del Sudoeste Alemán – la actual Namibia – fue objeto posiblemente de un “ensayo” de que varias décadas después el III Reich llevaría a cabo, primero contra opositores al régimen nazi y luego contra judíos alemanas, para extender el horror a los países ocupados. En 1890 llegaron millares de colonos germanos al África del Sudoeste, comenzaron a ocupar terrenos que desde tiempos lejanos eran tierras de pastoreo de los herero y otros pueblos de la zona. Se cercaron las tierras y la llegada de razas ajenas a la región, trajo enfermedades que diezmó el ganado de los herero. Estos respondieron atacando a los colonos, con la muerte de unos 150, en diversos enfrentamientos por el control de tierras de pastoreo. La respuesta alemana fue enviar 15.000 soldados para “pacificar” el territorio bajo el mando del general Von Trotha, quien sentenció Sé muy bien que las tribus africanas ceden solo ante la violencia. Mi política ha sido y sigue siendo ejercer esa violencia con un terrorismo extremo e incluso con crueldad». Los hombres herero fueron fusilados y los niños y mujeres, fueron enviados al desierto de Kalahari, donde morirían de sed y hambre. Los supervivientes, como el pueblo nama, que también se resistió a la ocupación, fueron enviados a “campos de concentración”. Los confinados eran obligados a trabajos forzados para apoyar el desarrollo económico de la colonia, en la zona de la isla de los Tiburones, donde muchos encontraron la muerte por agotamiento, los castigos y la precariedad de sus instalaciones. 85.000 hereros habitaban aproximadamente Namibia a fines del siglo XIX, para 1906, luego de la “pacificación” solo vivían 15.000 y de los 20.000 namas, solo quedaban 10.000. El resto había sido asesinado. De los detenidos en los campos de concentración, solo la mitad sobrevivió. En otro campo, el científico alemán Eugene Fischer, que tiempo después sería uno de los ideólogos de la superioridad racial vigente durante el III Reich, en la localidad de Rehoboth, donde los mestizos eran mayoría, fue visto por este «presunto científico» como una degeneración racial y las autoridades alemanas prohibieron los matrimonios interétnicos. Práctica habitual en las potencias coloniales europeas, y luego vigente con el apartheid hasta 1990. Los hereros y otros grupos originarios fueron obligados a emplear marcas distintivas, como los judíos y otras minorías durante el régimen del III Reich. Estos hechos, es para muchos, fue el primer genocidio del siglo XX y una suerte de «ensayo» lo que sería el régimen nazi.

Las poblaciones blancas, podían reclutar mano de obra forzada local, lo que permitió contar con trabajadores de muy bajo costo para construir ferrocarriles, infraestructura, desarrollar plantaciones. El progreso de Occidente significó la perdida de millares de vidas. El azote de los traficantes de esclavos árabes y europeos, con sus aliados locales, fue reemplazado por el trabajo obligatorio. En África Oriental Alemana, hoy Tanzania, la rebelión Maji Maji contra esta práctica, murieron 80.000 africanos, en combates, y otros 200.000 por hambre dado las políticas represivas germanas. Esto no ha sido exclusivo de los alemanes. Los británicos, franceses, holandeses, belgas hicieron de las suyas en sus posesiones coloniales. Los horrores cometidos durante el llamado “Estado Libre del Congo” dominio personal del rey belga Leopoldo II, implicó una estrepitosa caída del censo demográfico. El sistema de trabajo obligatorio, los abusos a la población local y la ferocidad con que se actuaba contra quienes se negaban a ser reducidos a la servidumbre (por ejemplo amputar manos o pies), llevó al estado belga a tomar cartas en el asunto. Hubo voces valientes que denunciaron estos horrores, pero las ganancias que generaban a los grandes intereses, se encargaban de silenciarlo.
El Imperio Otomano, responsable de matanzas a lo largo de su dilatada existencia, en plena Primera Guerra Mundial, lejos de ojos indiscretos, llevó a cabo el genocidio armenio. El nacionalismo turco estaba en el poder de la mano de los llamados “Jóvenes Turcos”, considerados los armenios por ser cristianos en su mayoría, quinta columna del Imperio Ruso. Este grupo ocupaba las fronteras orientales fronterizo con el teatro de operaciones del Cáucaso. En las memorias de un oficial venezolano, Rafael de Nogales, que sirvió en las tropas otomanas, relata la resistencia de los armenios ante el accionar de los turcos. Los kurdos apoyaron el destierro de millares de armenios, ocupando sus tierras ancestrales. Vinieron las deportaciones, donde entre 800.000 y un millón de armenios encontraron la muerte, por hambre al atravesar el desierto sirio, el hostigamiento de bandas de kurdos y también de poblaciones musulmanas – muchos de ellos descendientes de armenios que en otros tiempos se hicieron musulmanes – además del accionar del ejército otomano. Las descripciones efectuadas por Nogales, son estremecedoras. Las matanzas de armenios, fueron respuesta del Sultán ante sus fracasos políticos militares de fines del siglo XIX. Era más fácil decir que los cristianos eran parte de una conspiración internacional, que reconocer su incompetencia. Así en 1895, por ejemplo, 3.000 cristianos armenios fueron masacrados. Más allá del uso político, que fueron objeto los armenios, que derivó en el genocidio de una nación, puso en evidencia, la utilización de un pueblo o grupo como chivo expiatorio. El Imperio otomano tenía sentencia de muerte, su incapacidad llevó que la dirección estratégica de la guerra quedara en manos de alemanes. La represión de minorías nacionales, los abusos de poder, transformó al imperio, en una época de auge de nacionalismos, en una olla a presión. El éxito de la rebelión árabe liderada por el legendario “Lawrence de Arabia”, está estrechamente ligado con un imperio que estaba en descomposición. La limpieza étnica de los armenios era una respuesta de un nacionalismo radicalizado, donde lo diferente, ya sea por raza o religión, no tenía lugar.

Víctimas armenias
Las olvidadas guerras balcánicas de 1911-1913, que enfrentó griegos, búlgaros, rumanos, serbios, montenegrinos, albaneses y turcos, se llevaron operaciones de limpieza étnica, o mejor dicho, genocidio. Esta zona este tipo de acciones fue algo que se repitió en la historia en la Segunda Guerra Mundial, que le costo la vida a millares de serbios, para luego estar primeros en la lista poblaciones italianas de Dalmacia, poblaciones de Croacia y Bosnia, acusadas de colaborar con el régimen fascista de la Ustasha o apoyar el esfuerzo germano contra los partisanos. En los 90, el mundo volvería a ver prácticas genocidas, facilitadas por cuestiones políticas y geopolíticas, que terminó en un intenso debate de juristas dando origen al concepto de Responsabilidad de Proteger o RTP, también empleado bajo determinadas circunstancias, en la crisis de Darfur años después..

La Segunda Guerra Mundial, de la mano del régimen nazi, se llevó a cabo uno de los más ambiciosos programas de genocidio, empleando recursos industriales para cumplir con las siniestras ideas del régimen del III Reich. El nazismo, verdadera perversión del nacionalismo llevado al extremo, sobre la base del resentimiento generado por el Tratado de Versailles, el fracaso de la democracia endeble en los tiempos de la llamada República de Weimar, la radicalización política, además de la miseria que sumió el país como consecuencia de la llamada “Depresión” creó un caldo de cultivo, para que los bien organizados alborotadores nazis y sus dirigentes, entre ellos, su máximo exponente, Hitler, alcanzaran el poder. Una vez más se buscó el chivo expiatorio. El judaísmo quedó relacionado con marxismo, especulación financiera, la traición de Versailles, etc. Esto orientó a la opinión pública, creó el justificativo para un régimen de terror, que luego fue responsable de la matanza sistemática de todo aquello que no formaba parte del ideal totalitario del régimen del III Reich. Los opositores políticos fueron los primeros en “estrenar” los campos de concentración, luego siguieron judíos, homosexuales, gitanos y con la invasión del resto de Europa, darían con sus huesos millares de soldados, y ciudadanos de los países ocupados, considerados indeseables. Elites intelectuales de media Europa fueron llevadas a campos de la muerte. Los judíos pasaron por diversas etapas, que fueron desde ser encerrados en guetos en condiciones atroces, para luego ser eliminados sistemáticamente, especialmente aquellos que no podrían servir como mano de obra para el complejo industrial, para satisfacer un Reich que devoraba recursos a escala monumental para sostener varios frentes a la vez. El Holocausto, acabó con la vida de más de seis millones de judíos, millones de cristianos, prisioneros de guerra, presos políticos, personas con discapacidad y largo etc. El pecado de aquellos inocentes, era ser simplemente «diferentes» al estereotipo impuesto por el régimen nazi. Todas las víctimas, fueron deshumanizadas. Como en todos los genocidios, los victimarios, los consideraban seres que no eran equiparables a ellos. Los ideólogos de estos horrores a las víctimas les restan entidad,…las cosifican. Dejan de ser personas, para ser menos que animales. No hay lugar para la diversidad, para lo que es distinto…por ende, deben ser eliminados, no debe quedar rastro alguno. En aquellos días aciagos, donde los acólitos del diablo llevaban a cabo su macabra tarea, una vez más razones políticas mezquinas impidieron que se actuara con determinación contra los centros de exterminio. El mundo guardó silencio ante las persecuciones, leyes raciales, etc.

La negación del otro, el reducirlo a la nada misma, propio de los estados totalitarios, donde la persona, es reducida a ser un objeto y pierde todos sus derechos, facilita el abuso y la comisión de crímenes. Stalin, envió a la muerte a millones, también bajo esta misma lógica. Todo aquello que era diferente al régimen stalinista, no tenía lugar, había que eliminarlo. Los estados totalitarios han sido propensos a cometer genocidio en su afán de crear una sociedad homogénea, sin matices. El problema para estos sistemas, es la existencia de gente que pueda pensar distinto, de mostrar opciones mejores y que pongan en evidencia sus errores o fallas.
Un ejemplo del cual se habla poco, pero que Hollywood bajo su peculiar estilo, lo hizo conocer al mundo, en el film “Los gritos del silencio” fue el genocidio de Camboya. El régimen transformó a la persona, en una cosa, componente de un sistema, cuyo funcionamiento para la lógica del régimen comunista del Jemer Rojo, implicaba perder derechos y convertirse en parte de una masa sumisa uniforme. Millares fueron enviados a trabajar al campo. La fundación de una sociedad nueva, implicó que quienes tenían una formación educativa superior, eran un enemigo potencial, por ser sospechosos de tener pensamiento crítico. Todos vestidos de la misma manera, viviendo en las mismas condiciones, sin privacidad, sin derechos. La puesta en marcha de este régimen costó la vida de un millón de personas de todas las edades

El siglo XX está lleno de historias de matanzas colectivas, las llamadas “limpiezas étnicas”, desplazamientos forzados de cientos de millares de personas. En 1994 el mundo observó como mataban a un millón de personas en Ruanda. Intereses inconfesables, vinculados a los valiosos recursos en la zona de los Grandes Lagos de África Central, alimentaron las dos guerras del Congo con dos millones de muertos. El drama de la crisis de Darfur con cientos de miles de muertos. Pareciera que el color de la piel de la víctima incide en los grandes medios de comunicación para difundir la noticia. No es lo mismo morir en las bellas calles de París, que en un atestado y misérrimo suburbio de Kabul. Lamentable y cruel actitud de los medios. La minoría musulmana de los rohinyá en Myanmar (la vieja Birmania) que huyeron por cientos de miles a raíz de las operaciones de represión por parte de dicho país, ha sido un caso poco difundido y existen sobradas sospechas que hubo intentos de limpieza étnica. Mientras tanto millares de ellos viven miserablemente en campos de refugiados de la pobrísima Bangla Desh.
El fanatismo religioso, otra vez con esa idea de negación del otro, del que es distinto, llevó a políticas de exterminio y persecución religiosa que afectó a cientos de miles de personas en Irak, el norte de Siria. La minoría yazidí fue objeto de prácticas genocidas del Estado Islámico. La ONU, está investigando el tema. Claro está, existen estados en la región, cuyos intereses eran funcionales a la expansión de esta organización genocida, y es posible que no se llegue a nada en concreto, dado que no quieren que se sepa de sus intereses de barrer con minorías religiosas y étnicas que viven desde hace milenios en Oriente Próximo y que chocan con sus agendas totalitarias.

América Latina no ha estado exenta del discurso de negar al adversario. Una frase célebre, “a los enemigos ni justicia” resume el peligro de la proliferación de ideas políticas exaltadas, que consideran al adversario político, como un enemigo que hay que destruir. Esto en el pasado degeneró en dictaduras, desapariciones y en la aparición de organizaciones terroristas, llevando a nuestros países décadas de violencia endémica, que no fue más que un factor de atraso y discordia, con heridas difíciles de cerrar. Las clases dirigentes en la región tienen un largo camino y un deber moral para desterrar a los profetas del odio, que no hace más que llevar a nuestros pueblos al abismo.
La cultura del odio, envenena las almas y mentes, arrastra a las naciones a verdaderas tragedias colectivas, al horror, generando daños irreparables que perdurarán por generaciones enteras.
Por Jorge Alejandro Suárez Saponaro
Especial para la POLIS. Desde Buenos Aires
