El fin de la cuestión de los rehenes —cualquiera sea la forma concreta que finalmente adopte— no clausura el dolor. Lo transforma. Marca un umbral. No es un punto final, sino un pasaje: del grito suspendido al duelo posible, de la espera paralizante a la responsabilidad de seguir viviendo.
Hace décadas, los psiquiatras alemanes Alexander y Margarete Mitscherlich,en su obra La imposibilidad de hacer duelo (1967) nos advirtieron sobre los peligros de una sociedad incapaz de elaborar sus pérdidas.
Para los Mitscherlich, el duelo es una tarea ética y política, no solo psicológica. Hacer duelo implica:
• reconocer pérdidas irreparables,
• asumir responsabilidad sin auto aniquilación,
• y renunciar a fantasías omnipotentes del pasado.
Cuando una sociedad no puede hacer duelo, queda atrapada en una relación no resuelta con su historia, lo que obstaculiza la posibilidad de un futuro moralmente responsable.
Allí donde el duelo es negado, desplazado o instrumentalizado, el trauma no desaparece: se enquista, se transmuta en resentimiento, en cinismo o en violencia diferida. El duelo no es un gesto privado ni un lujo psicológico; es una tarea moral y política.
Hay que ser consciente: el trauma no elaborado de una sociedad se convierte en un obstáculo estructural para la paz, incluso cuando existen acuerdos políticos, ceses de fuego o soluciones técnicas. Sin trabajo de duelo, no hay transformación moral; sin transformación moral, la violencia encuentra siempre nuevas legitimaciones.
Hoy estamos, dolorosamente, ante ese momento. El de cerrar un ciclo sin negarlo, y al mismo tiempo evitar quedar atrapados en él. El de reconocer que no todo puede ser reparado, que no todo tiene solución justa, que hay pérdidas irreversibles. Aceptar los límites de la realidad no es claudicar; es el primer acto de madurez ética.
Cerrar un ciclo implica sostener tensiones difíciles:
memoria sin venganza,
dolor sin sacralización del sufrimiento,
justicia sin deshumanización del otro.
Implica también rehusar el falso consuelo del olvido absoluto y, al mismo tiempo, la prisión de una memoria convertida en arma.
La tradición judía —tan consciente del valor de la memoria— sabe también que recordar no es repetir, y que el recuerdo ético no consiste en perpetuar el odio sino en impedir que el daño se vuelva norma.
Este momento exige Jésed: no como sentimentalismo, sino como responsabilidad activa. Jésed es reconocer el sufrimiento propio sin negar el ajeno; es afirmar la dignidad de los nuestros sin borrar la humanidad del otro lado de la frontera. No se trata de simetrías morales simplistas ni de neutralidades vacías, sino de una convicción más exigente: no hay futuro posible construido sobre la negación del dolor del otro.
Construir esperanza no es ingenuidad. Es un acto de resistencia ética. Significa trabajar —con realismo, con lucidez, sin ilusiones fáciles— para desarmar las fuentes del odio, no solo sus expresiones más visibles. Supone invertir en palabras responsables, en políticas que no glorifiquen la muerte, en liderazgos capaces de decir límites allí donde el clamor emocional exige exceso.
El fin de la cuestión de los rehenes no nos devuelve a un mundo intacto. Nos devuelve, si acaso, a la posibilidad de volver a elegir: qué hacemos con lo que pasó, cómo lo narramos, qué futuro autorizamos con nuestras palabras y nuestros silencios.
Entre el olvido total y la memoria paralizante, hay un camino más estrecho y más difícil, un Guesher Tzaar: una memoria vital que santifica la vida.
Shabat Shalom
Dr. Daniel Fainstein
