Los miserables

Hace 10 días, una funcionaria de Amnistía Internacional actualizó algo que todos los países miembros de Naciones Unidas conocen. Y lo plantea desde el inicio de su informe. “Imagina que eres una mujer con una vida relativamente normal. Vas al trabajo, quedas en reunirte con amistades, publicas selfis. Pero antes de salir, debes comprobar si llevas el pelo cubierto y brazos y piernas tapados. De no hacerlo, podrías ser detenida, torturada o azotada por no cumplir el estricto código indumentario que impone el Estado en Irán”.

De conformidad con las leyes sobre uso obligatorio del velo, las mujeres y las niñas –incluidas las de apenas 7 años– están obligadas a cubrirse el pelo con un velo. Las que no lo hacen, son consideradas delincuentes por el Estado.

La policía de la “moral” iraní vigila a toda la población femenina: 40 millones, entre mujeres y niñasEl castigo por dejarse ver sin velo en público puede ser de detención, pena de prisión, multa o latigazos.

Incluso cuando una mujer lleva el cabello cubierto con un velo, puede considerarse que no cumple la legislación sobre la indumentaria si, por ejemplo, deja a la vista unos mechones de pelo o se estima que su ropa es demasiado colorida o ajustada.

Desde abril de 2024, con el lanzamiento del Plan Luz, las autoridades intensificaron patrullas de seguridad a pie, en motocicleta y en vehículos para hacer cumplir el velo obligatorio, incluyendo persecuciones de automóviles, confiscación de vehículos y tortura.

En los últimos años, en Irán ha emergido un amplio movimiento social de rechazo a las leyes del velo obligatorio y a la discriminación contra las mujeres. Este movimiento alcanzó una dimensión histórica tras el asesinato bajo custodia estatal de la joven kurda Mahsa Amini en setiembre de 2022, detenida por la policía de la “moral” por no llevar correctamente el velo según quienes la encarcelaron.

Como parte de esta política represiva las autoridades intensificaron desde abril de 2024 el control policial en el espacio público para imponer el uso obligatorio del velo: más detenciones arbitrarias y castigos, desde la tortura u otros tratos inhumanos o degradantes. Para diciembre de 2024, estaba previsto que entrara en vigor la Ley de Promoción de la Cultura de la Castidad y el Hiyab aprobada por el Consejo de Guardianes con lo que se aumentaba más la discriminación y la violencia contra las mujeres y las niñas. Pero ya entonces la presión internacional empezaba a escucharse desde Teherán y la ley quedó en suspenso. La persecución igual no se detuvo. Pese a la brutal represión, incluyendo la reciente matanza de más de 30 mil civiles clamando por la economía destruida y la libertad conculcada hace 46 años, hay un número de mujeres que continúan desafiando la ley y arriesgando sus vidas caminando sin velo, en una suerte de resistencia silenciosa a pesar de todo lo que arriesgan.

Más allá de la publicidad que se ha hecho al final de este pasado mes que el régimen de los Ayatolas había suspendido las ejecuciones debido a un imaginario temor a una guerra, la realidad es muy diferente. ¿Cómo se califica entonces la matanza de miles y miles de civiles desarmados en las calles ejecutados con armas de alto calibre y cuyos cuerpos ni siquiera han podido ser sepultados por el colapso en las morgues?

Desde el 9 de enero, la dictadura de los Ayatolas ha impuesto medidas de control generalizadas de estilo militar en todo el país. Se han desplegado unidades armadas de las fuerzas de seguridad que han creado redes de puestos de control y patrullas armadas en ciudades y carreteras interurbanas. Se ha limitado la libertad de circulación e impuesto toque de queda nocturno. A pesar de la clausura de internet y del terror impuesto se han filtrado videos. Uno de ellos, publicado en Internet el 20 de enero muestra a miembros armados de las fuerzas de seguridad con la cara tapada que patrullan las calles de zonas residenciales en camionetas sobre las que hay ametralladoras pesadas y ordenan reiteradamente a la gente que entre a sus casas mientras corean frases que aclaman al líder supremo.

¿Qué sucede esta semana? El terror, las matanzas indiscriminadas, las ejecuciones, los encarcelamientos de decenas de miles de personas han hecho de las multitudinarias protestas casi un recuerdo heroico de un enero en el cual un pueblo avasallado y pisoteado por medio siglo, con sus mujeres y niñas convertidas en objetos de desprecio y uso perverso, intentó que se escuchara su voz. No la escuchó el Consejo de Seguridad de la ONU por su propia incapacidad. Las sanciones impuestas a algunos funcionarios iraníes acusados de ser conductores del asesinato en masa no mueven ninguna aguja, y casi nadie en el mundo se ha enterado que fueron hechas, y nadie sabe tampoco si serán cumplidas. Y si hay, como se anuncia, negociaciones o como se quieran llamar entre iraníes y Estados Unidos con patrocinio de Turquía, Catar, Emiratos Árabes, Paquistán, Egipto y Arabia Saudita, el resultado de las eventuales reuniones que ya se postergaron ayer,será quizás algún tipo de status quo, temporario, frágil, imprevisible, sobre armas nucleares y el contexto de la inseguridad permanente en Medio Oriente y en casi todo el planeta.

Pero los 92 millones de iraníes seguirán bajo leyes medievales para la población femenina, el terror, la dictadura y las ejecuciones de todo aquel que lo que el régimen llama tribunales sea acusado de enemigo de Irán o lo que se les plazca para enviarlos a la horca y exhibir sus cuerpos en las plazas, todo ello una muestra de civilización y cordura como gusta decir a los diplomáticos iraníes refiriéndose a su “justicia” en cenáculos internacionales donde sus cómplices los aplauden y los que no lo son escuchan plácidamente.

Este domingo la dictadura de Irán publicó los nombres de 2.986 personas que murieron durante las protestas del mes pasado. No se lo cree nadie, ni siquiera los asesinos. Pero las cifras quizás nunca se conozcan, aunque los testimonios pueden dar, a quien quiera escucharlos, una muestra de lo que es hoy la realidad.

A mediados de enero, uno de ellos se hizo viral tras ser compartido por la periodista Almudena Ariza: una conversación telefónica entre una madre que se encontraba en Irán y su hija. La mujer habla entre sollozos. “No llores, mi vida. Han matado a 12.000 personas. No salimos de casa, hemos huido”. Advierte que los teléfonos están controlados, de que no pueden hablar, de que “todo es muy aterrador “. Describe ejecuciones con ametralladoras pesadas, el uso de armas militares, calles vacías y comercios cerrados. Mientras su hija le suplica que no cuelgue, la madre insiste en el peligro de permanecer en línea. “Si hablo vienen por nosotros, cariño. Tengo 70 años, no tengo fuerzas para resistir. No tengo opción. Sólo quería escuchar tu voz y decirte que seguimos vivos”. Habla de la ley marcial, del miedo a salir de casa, de una vigilancia constante que convierte cualquier movimiento en una amenaza. Según el Centro Cornell que analiza la pena de muerte en el mundo, el año pasado fueron ejecutadas 2.022 personas, de las cuales al menos 47 tenían nombre femenino. El observatorio iraní Human Rights Activists documenta 59 casos; el Iran Human Rights Monitor eleva el número a 61, y el Consejo Nacional de la Resistencia de Irán habla de 64. De acuerdo con los informes proporcionados por el Comité de Mujeres del Consejo Nacional de Resistencia de Irán en enero fueron ejecutadas cinco mujeres. La última, Leila Judaki fue ahorcada el 25 de enero en la prisión de Qom.

Irán es miembro de Naciones Unidas. En 2023, fue designado para presidir el Foro Social del Consejo de Derechos Humanos. Y por supuesto, como lo dijeron los Ayatolas y sus amanuenses, todo el levantamiento popular del mes pasado ha sido culpa de Israel. Ante esa acusación, nadie en la Asamblea General de la ONU dijo basta a tanta estulticia. Nadie de 192 países. Las organizaciones de la izquierda latinoamericana que se hacen llamar feministas están mudas y perpetran tanto silencio como cuando Hamas descuartizó, violó y asesinó mujeres judías en 2023. Lo del título de esta nota.