Antes incluso de que se conozcan en detalle los próximos movimientos del régimen de Teherán, ya puede identificarse un cambio sustancial en la postura de la administración estadounidense frente a Irán. A diferencia del enfoque adoptado durante la era Obama, centrado en alcanzar un acuerdo casi a cualquier costo, el gobierno de Donald Trump parece decidido a partir de una visión más crítica y escéptica respecto de las verdaderas intenciones iraníes.
El principal error del acuerdo nuclear original fue haber asumido que el régimen iraní actuaría de buena fe. La experiencia demostró lo contrario. Teherán ocultó información, violó compromisos y continuó desarrollando capacidades militares sensibles bajo el paraguas de un entendimiento internacional que terminó limitando más a Occidente que al propio Irán.
Un antecedente histórico ayuda a comprender esta lógica. En 1988, tras ocho años de una guerra devastadora con Irak, el entonces líder supremo iraní, Ruhollah Khomeini, aceptó el alto el fuego describiendo la decisión como “beber un cáliz de veneno”. No se trató de un giro ideológico, sino de una concesión táctica impuesta por la realidad militar y económica. El objetivo estratégico del régimen nunca cambió.
Desde entonces, Irán ha perfeccionado una estrategia sostenida: evitar enfrentamientos directos mientras fortalece a sus aliados regionales, amplía su programa de misiles y avanza de manera gradual en su proyecto nuclear. En este esquema, la diplomacia funciona como una herramienta para ganar tiempo. El problema, por lo tanto, no se limita al contenido técnico de un acuerdo nuclear. La cuestión de fondo es conceptual.
Si el objetivo es frenar efectivamente a Irán, no alcanza con imponer límites temporales al enriquecimiento de uranio. Resulta indispensable abordar también el desarrollo de misiles balísticos, el financiamiento del terrorismo y la intervención iraní en distintos frentes de Medio Oriente. La experiencia acumulada indica que el régimen responde a la presión, no a las concesiones.
Cada gesto de debilidad fue interpretado como una oportunidad para avanzar, y esta vez no será la excepción. Por el contrario, cuando enfrentó una postura firme —económica, diplomática y militar— se vio obligado a retroceder.
El desafío para la administración estadounidense consiste en sostener una línea coherente: ejercer presión sin derivar en una escalada innecesaria y, al mismo tiempo, reconstruir una coalición internacional que comprenda que el problema iraní no es exclusivamente nuclear, sino estratégico y regional.
Israel sigue este proceso con especial atención. Para Jerusalén, la amenaza iraní no es abstracta ni teórica, sino concreta y existencial. En ese marco, cualquier acuerdo que no elimine de manera verificable la capacidad de Irán para convertirse en una potencia nuclear será considerado insuficiente.
Hasta el momento, Trump no ha logrado gestionar el expediente iraní junto a otros actores sin generar fricciones. Sin embargo, el hecho de haber cuestionado los fundamentos del acuerdo previo y sus supuestos básicos marca un quiebre relevante respecto al pasado.
Si Estados Unidos decide liderar una política firme y consistente frente a Irán, no solo podría corregir un acuerdo defectuoso, sino también enviar un mensaje claro al régimen de Teherán: la etapa de las ilusiones diplomáticas ha llegado a su fin.
Natalio Steiner, director de Comunidades Plus
Sorpresas desde Australia – Natalio Steiner
