Riad está recalibrando su política exterior con tres objetivos claros: proteger Vision 2030, recuperar centralidad árabe y usar la multipolaridad para negociar desde una posición más fuerte con EE. UU. y Europa. El resultado es una política más pragmática, transaccional y soberana, que desde Occidente muchas veces se interpreta como confrontativa.
¿Qué explica esa percepción?
* Normalización con Israel en pausa, no por ruptura ideológica, sino por costos políticos internos tras Gaza.
* Relación con EE. UU. más negociada y menos jerárquica: acuerdos sí, alineamiento automático no.
* China (y Rusia) como palanca, no como reemplazo: diversificación para reducir dependencia.
* Energía y OPEC+ como instrumentos soberanos, no como concesión política.
* Mayor activismo en el Mar Rojo, Yemen, Siria y África, vistos ya como asuntos de seguridad nacional saudí.
La lógica de fondo es simple: Vision 2030 necesita estabilidad suficiente, no guerras ideológicas. Por eso la diplomacia saudí hoy prioriza corredores logísticos, seguridad marítima, control de shocks energéticos e inversión estratégica como herramienta de influencia.
En síntesis:
Arabia Saudita no quiere ser “pilar” de un bloque; quiere ser pivote entre varios.
No busca romper con Occidente, pero tampoco depender de él como único garante.
