TRUMP PIERDE TIEMPO E IRAN SE FORTALECE – Natalio Steiner

El fin de semana transcurrió en el Medio Oriente con una calma relativa, similar a la de las últimas semanas: una tranquilidad cargada de tensión, sin definiciones claras y con la sensación de que cualquier movimiento puede alterar el frágil equilibrio regional. En ese contexto, trascendió que un nuevo ataque estadounidense contra Irán habría sido abortado en las últimas horas, alimentando la incertidumbre estratégica.

A esta información se sumaron declaraciones del enviado designado por Donald Trump para negociar con Teherán, Steve Witkoff, quien expresó sorpresa porque el despliegue militar norteamericano en la región no haya logrado disuadir al régimen iraní de avanzar hacia concesiones o una resolución pacífica del conflicto. Sus palabras fueron interpretadas por diversos analistas regionales como una señal de vacilación que, lejos de debilitar a Teherán, le otorga margen diplomático y refuerza la percepción de firmeza interna del régimen.

En los hechos, Irán aparece por ahora como un vencedor diplomático, independientemente del deterioro económico que atraviesa. La administración Trump, que apostó primero a una salida diplomática antes de contemplar una opción militar, parece considerar que el tiempo para negociar aún no se ha agotado. Sin embargo, esa dilación también responde a factores operativos: parte del refuerzo militar estadounidense todavía no ha completado su despliegue en puntos estratégicos de la región, incluido el entorno de Israel.

En Jerusalén no hay dudas de que, ante un conflicto directo entre Washington y Teherán, Israel sería uno de los primeros objetivos. La activación de aliados iraníes como Hezbolá, los hutíes en Yemen y milicias proiraníes en Irak configura un escenario de amenaza múltiple que recuerda, en parte, la dinámica regional posterior al 7 de octubre. Israel se prepara así para la posibilidad de una guerra en varios frentes y no descarta acciones preventivas si percibe que la indecisión estadounidense prolonga una situación que lo expone estratégicamente.

Mientras tanto, en Estados Unidos crece el debate interno. Sectores del Partido Demócrata y también un ala del Partido Republicano manifiestan reticencias ante una intervención militar directa, especialmente por el costo económico y político que implica el sostenimiento de portaaviones, tropas y logística en la zona. La opinión pública observa con cautela una posible escalada.

En paralelo, Israel ha intensificado advertencias y ataques selectivos contra posiciones de Hezbolá para reforzar la disuasión. No obstante, a diferencia de episodios anteriores, todo indica que el grupo libanés podría involucrarse activamente si Teherán es atacado, dada su dependencia estructural del financiamiento iraní.

En el interior de Irán, la reaparición de protestas en universidades de Teherán y otras ciudades introduce una variable adicional: la presión social contra el régimen. Sin embargo, cualquier intento de alterar el equilibrio estratégico regional —incluido el desmantelamiento del programa nuclear y misilístico iraní— requeriría algo más que gestos aislados. La región atraviesa horas decisivas, en un escenario donde las vacilaciones, los tiempos políticos y la presión interna pueden resultar tan determinantes como los misiles y los aviones.