Hola amigos, ¿cómo están? Les habla Natalio Steiner, director de Comunidad Plus, desde Raanana, Israel. Y esta vez no es un comentario editorial. Es, simplemente, un comentario emocional.
Hoy se cumplen tres años desde que llegamos a este país extraordinario. Tres años desde que hicimos aliá desde la República Argentina. Tres años que, inevitablemente, invitan al balance: emocional, afectivo, familiar, identitario. Porque emigrar nunca es un trámite administrativo; es una decisión existencial.
Han pasado muchas cosas. Algunas nos llenaron de alegría. Otras, no tanto. Y desde hace dos años y medio, el impacto de la guerra que comenzó el 7 de octubre golpeó fuerte. Golpeó a cada familia israelí, a cada ciudadano de buen corazón. Nos golpeó también a nosotros. Pero lo superamos. Y lo seguiremos superando. Como superaremos también cualquier amenaza que se cierna sobre Israel, incluida la que proviene de Irán. Porque este país ha demostrado, una y otra vez, que sabe resistir, reconstruirse y proyectarse hacia el futuro.
¿Por qué estamos acá? La respuesta tiene capas.
Hay motivos personales: la reunificación familiar, la posibilidad de brindar una mejor asistencia a mi hijo con discapacidad, el deseo profundo de abrazar a mi hija, a mi yerno y a mis cuatro nietos en la misma tierra. Pero hay una razón que está por encima de todas: esta es la tierra del pueblo judío. El lugar donde debemos estar. El lugar del que nunca debimos haber sido expulsados.
Perdimos la soberanía durante siglos, pero nunca perdimos la presencia ni el vínculo espiritual. Ese lazo se transformó en realidad política en 1948, con la creación del Estado de Israel, impulsado por el trabajo incansable de la Organización Sionista Mundial y por el apego milenario del pueblo judío a su tierra ancestral.
Vivir aquí es respirar historia y futuro al mismo tiempo. Es caminar entre olivos y almendros en flor, sentir el perfume de las calles en primavera, observar una sociedad vibrante, productiva, innovadora. Faltan cosas, claro que faltan. Hay desafíos, tensiones, diferencias políticas profundas entre izquierda y derecha, entre laicos y religiosos. Pero hay algo que sobra: amor por la patria y una determinación inquebrantable de defenderla y fortalecerla.
Agradezco, ante todo, a Dios por habernos dado la fuerza de tomar esta decisión. Agradezco a mis padres, que ya no están físicamente, pero que seguramente celebrarían que su hijo menor haya cumplido el sueño de regresar a Sion. Agradezco a los olim, a los vatikín, que nos recibieron con calidez y nos ayudaron a integrarnos. Agradezco a la comunidad latinoamericana en Israel, que ofrece contención religiosa, apoyo laboral y un puente cultural imprescindible cuando la nostalgia aprieta.
Vivir en Israel es un desafío permanente. Pero es, también, una afirmación de soberanía. Aquí decidimos nosotros. Aquí definimos cómo defendernos, cómo desarrollarnos, cómo proyectarnos. No por el antisemitismo que crece en distintas partes del mundo —aunque ese fenómeno también interpela— sino porque este es el hogar natural del pueblo judío.
Para cerrar, tomo las palabras del Premio Nobel de Literatura israelí Shmuel Yosef Agnon, quien al recibir el Nobel en 1966 dijo una frase que me marcó profundamente: “Yo nací en Jerusalén. Solo que por un accidente de la historia, los romanos patearon mi cuna y llegué a Polonia”.
Hago mía esa frase. Yo nací en Jerusalén. Solo que por un accidente de la historia, los romanos patearon mi cuna y llegué a la Argentina.
Ojalá cada judío del mundo pueda sentirse interpelado por esas palabras. Que entienda que quizás su cuna también fue pateada por la historia. Y que el destino, más temprano que tarde, lo espera aquí: en Jerusalén, en Israel, corazón y capital eterna del pueblo judío.
