Antisemitismo en Tiempos de Tensión Global

Mientras los conflictos en Medio Oriente ocupan titulares, los ciudadanos judíos de Europa y otras latitudes sufren cotidianamente agresiones físicas y psicológicas. Condenas y declaraciones oficiales existen, pero la protección real es insuficiente o nula frente a señales concretas de antisemitismo.

Los analistas políticos evalúan los posibles escenarios que se producirían por una escalada de guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán, y se especula sobre los riesgos de un conflicto abierto, que a toda vista parece inminente. Pero existe un fenómeno más inmediato y de menor difusión en los medios en general, de relevancia y peligroso como una guerra, una guerra silenciosa y viperina: la repercusión que estos conflictos tienen en la vida cotidiana de ciudadanos judíos fuera de Medio Oriente.

Aunque las grandes movilizaciones callejeras en Europa y América, como las marchas masivas del 2023, 2024 y 2025, han bajado en número y visibilidad, los actos y episodios antisemitas dirigidos a personas concretas, familias, turistas o visitantes se han vuelto más visibles y explícitos.

Un caso concreto y reciente que sacudió a las comunidades judías en Europa fue la expulsión de tres turistas israelíes del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofia, en Madrid, que tras la reacción hostil de otros visitantes fueron expulsadas por ser consideradas una “provocación” al resto de los presentes en el museo. Eran tres mujeres mayores, una de ellas sobreviviente del Holocausto que portaban una bandera israelí y un collar con la Estrella de David.

Cabe aclarar que el Museo albergó, tiempo atrás, una exposición titulada Del Rio al Mar, lema asociado a los grupos terroristas y antisemitas que piden la desaparición del Estado de Israel. Esto afecta directamente a la neutralidad y a la gestión de la diversidad en los espacios públicos y culturales, en un contexto de alta tensión internacional.

El Congreso Judío Europeo destacó el impacto de este episodio en la percepción de seguridad de los ciudadanos y visitantes judíos en Europa. El citado museo trató de dar explicaciones con su “bla bla bla” pero el hecho ocurrió, y es ofensivo y de gravedad, no solo hacia la comunidad judía, sino hacia todas las personas que defienden la libertad de expresión, igualdad de género, religión, color, raza.

Otro hecho relevante fue el ataque a turistas israelíes, un grupo de adolescentes, en Rodas, cuando una decena de pro-palestinos atacaron acusándolos de “muerte y genocidio” y en esta última semana a tres turistas israelíes en Tailandia, donde dos de ellos debieron ser hospitalizados. Esto para citar algunos ejemplos.

Estos no son hechos aislados ni percepciones o sensaciones, como muchos quieren hacer creer, para minimizar la locura, el fanatismo y el resurgir de un antisemitismo disfrazado hipócritamente de antisionismo, que si bien siempre existió, recrudeció desde octubre de 2023.

En varios países europeos, líderes comunitarios han reconocido que la inseguridad percibida por los ciudadanos judíos es muy alta. Las medidas policiales son nulas o tibias por lo que ante una falta de protección de las autoridades locales, muchos miembros de estas comunidades evitan usar símbolos visibles de identidad judía y también modifican su comportamiento o idioma en espacios públicos por temor a reacciones hostiles.

Este tipo de adaptación silenciosa, que pasa desapercibida en los titulares, tiene un efecto profundo en la vida cotidiana de las familias que ya no pueden, simplemente, caminar por una calle, asistir a un museo o viajar sin convertirse en motivo de tensión o confrontación.

Es indignante y peligroso que esto ocurra. Los datos globales muestran que los incidentes antisemitas, disfrazados muchas veces de antisionistas, especialmente desde octubre de 2023, batieron records, con aumentos importantes en agresiones, acosos y vandalismo antijudío alrededor del mundo.

En Francia, uno de los países con mayor población judía de Europa, el presidente Emmanuel Macron, reconoció públicamente el impacto del antisemitismo en la vida cotidiana de la comunidad. En una ceremonia conmemorativa del asesinato de Ilan Halimi, un joven judío francés víctima de un ataque antisemita en 2006, Macron llamó a una lucha más decidida contra el odio antijudío, señalando que la libertad de expresión tiene que tener un límite cuando ampara al racismo, al odio y que todos los sectores de la sociedad deben participar de la respuesta. Pidió en este discurso, que los actos antisemitas sean castigados “muy firmemente” condenando la propagación del odio, con un reclamo directo a las grandes plataformas digitales que lo permiten.

Otros presidentes y jefes de gobierno o políticos como Gloria Meloni en Italia, Olaf Scholz en Alemania, Rishi Sunak en Reino Unido han condenado sin ambigüedades el antisemitismo y el extremismo islámico señalando que el terrorismo no puede relativizarse bajo ninguna bandera política.

Las condenas públicas son necesarias, pero no suficientes si no se traducen en políticas sostenidas, protección efectiva y sanciones claras y contundentes.
Europa ya conoce el precio de mirar para otro lado, y la historia europea ya demostró que el odio no necesita mayorías para avanzar, con indiferencia le alcanza para crecer y crecer hasta convertirse rápidamente, en pocos años en un monstruo como fue el Holocauto.

Si hoy, una persona judía duda en llevar un símbolo judío, como una cadena con la Estrella de David, por miedo, no estamos frente a una anécdota. Estamos ante una señal. Y estas señales no reconocidas o reconocidas a medias no desaparecen, se acumulan y luego puede ser demasiado tarde.

 

Por Rut Rabinow, Periodista, Israel