Irán y escenarios probables – Natalio Steiner

El tablero de Medio Oriente suma horas decisivas. Mañana jueves no sellará, por sí solo, la paz ni la guerra, pero sí puede inclinar la balanza en la escalada que desde hace semanas enfrenta a Estados Unidos con Irán, con Israel como actor central y directamente afectado.

 

En Washington, el margen de maniobra se estrecha. El presidente Donald Trump dispone de varios caminos posibles, todos con costos y consecuencias imprevisibles.

 

El escenario más duro contempla una intervención militar puntual norteamericana que golpee el corazón del poder iraní. Un ataque de esas características podría desatar una guerra abierta, con impacto regional inmediato. La apuesta, en ese caso, sería provocar un quiebre interno que derive en un cambio de régimen. El riesgo: una escalada de proporciones inciertas en una región ya inflamable.

 

En el extremo opuesto aparece la posibilidad —considerada por analistas como la menos probable— de un acuerdo integral. Bajo fuerte presión militar y económica, Teherán podría aceptar condiciones que satisfagan las demandas estratégicas de Washington y Jerusalén, incluyendo límites verificables y un alivio de tensiones internas. Sin embargo, la desconfianza acumulada y los antecedentes recientes enfrían esa hipótesis.

 

Entre ambos polos surge el escenario que más inquieta a Israel: un entendimiento parcial impulsado por Trump que atienda exclusivamente los intereses nucleares estadounidenses, pero deje intacto el desarrollo misilístico iraní. Para Washington, a más de 15.000 kilómetros de distancia, el cálculo estratégico es uno; para Israel, a apenas 1.500 kilómetros del territorio iraní, la amenaza es inmediata y existencial.

 

Otra variante contempla una serie de ataques esporádicos y continuos, sin ofensiva final, destinados a erosionar gradualmente al régimen iraní. Irán atraviesa un cuadro económico crítico, sanciones severas y tensiones internas persistentes. Una presión militar sostenida podría profundizar ese desgaste sin cruzar el umbral de una guerra regional declarada.

 

Finalmente, queda la opción de estirar los tiempos: mantener sanciones, sostener la presencia naval en el Golfo Pérsico y el Mar Arábigo, permitir respuestas moderadas de Teherán y esperar que el desgaste haga su trabajo. No obstante, el costo político y económico de una flota desplegada indefinidamente podría volverse difícil de justificar ante la opinión pública estadounidense.

 

Mañana, entonces, no será un día de definiciones absolutas. Será una jornada que ofrecerá señales. Señales sobre cuál de estos cinco rumbos comenzará a imponerse en la próxima semana —o si, fiel a su estilo imprevisible, Trump opta por una nueva postergación que conceda a Irán algo más de tiempo en una crisis que ya lleva demasiadas prórrogas.