La posibilidad de que Irán experimente una transformación política hacia un sistema democrático comienza a ser analizada con atención —y preocupación— en varias capitales árabes. Un eventual cambio de régimen en Teherán no solo implicaría una modificación interna profunda, sino también un giro potencial en su política exterior que podría alterar décadas de rivalidad regional e incluso abrir la puerta a un acercamiento con Israel.
Históricamente, los países árabes han considerado a Irán un adversario estratégico, especialmente por su respaldo a organizaciones como Hezbollah y por su oposición abierta a la existencia del Estado judío. Sin embargo, analistas regionales advierten que un Irán más abierto y orientado a la cooperación internacional podría redefinir las alianzas tradicionales dentro del mundo musulmán, desarmando el actual esquema de confrontación que ha estructurado gran parte de la política de seguridad en Medio Oriente.
Para varios gobiernos del Golfo, el escenario de un Irán democratizado genera incertidumbre. La eventual caída del actual sistema teocrático podría reducir la hostilidad hacia Jerusalén y facilitar nuevos vínculos diplomáticos, un cambio que impactaría directamente en los equilibrios estratégicos, los acuerdos de defensa y la arquitectura de seguridad regional construida en los últimos años.
Países como Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos han desarrollado su cooperación con Washington y con Israel en gran medida para contrarrestar la influencia iraní, una dinámica que se consolidó con los Acuerdos de Abraham. Si Teherán evolucionara hacia una política exterior más pragmática, algunos especialistas creen que podrían disminuir las tensiones regionales y abrirse un escenario de mayor estabilidad, centrado en el desarrollo económico y la cooperación. No obstante, el posible cambio también plantea interrogantes sobre el futuro de las alianzas actuales y el equilibrio de poder en una de las regiones más sensibles del mundo.
