Steven Spielberg nació el 18 de diciembre de 1946 en Cincinnati, Ohio, en el seno de una familia judía marcada por la sensibilidad y la disciplina. Su padre, Arnold Spielberg, ingeniero eléctrico, aportó el rigor científico; su madre, Leah Adler, pianista, sembró en él la pasión por el arte. Aquella casa fue un territorio de contrastes: cálculo y música, precisión y emoción. En ese cruce nació una mirada destinada a cambiar el cine para siempre.
Su infancia transcurrió entre mudanzas constantes —Nueva Jersey, Arizona, California— y la experiencia silenciosa del antisemitismo escolar. Fue un niño tímido, delgado, de ojos atentos y curiosidad inagotable. La cámara de 8 mm se convirtió en su refugio y en su escudo. Mientras otros jugaban al béisbol, él organizaba pequeñas producciones caseras con amigos y hermanas como actores improvisados. Allí comenzó a ensayar lo que sería su destino: contar historias para comprender el mundo.
En la escuela secundaria no fue un estudiante brillante en lo convencional, pero sí deslumbrante en imaginación. Intentó ingresar en la Escuela de Cine de la Universidad del Sur de California y fue rechazado. Esa negativa no lo detuvo: se matriculó en California State University y, sobre todo, se infiltró con audacia juvenil en los estudios Universal, donde su talento llamó la atención de ejecutivos atentos. A los veinte años ya dirigía episodios televisivos; a los veintiséis, el telefilme Duel (1971) lo reveló como un narrador de tensión magistral.
La juventud dio paso a una carrera meteórica. Jaws (1975) no solo inauguró la era del “blockbuster” moderno, sino que demostró su capacidad para transformar un miedo primitivo en fenómeno cultural. Luego vendrían Close Encounters of the Third Kind (1977), E.T. the Extra-Terrestrial (1982), la saga de Indiana Jones, Jurassic Park (1993). Spielberg no filmaba únicamente aventuras: filmaba asombro, infancia, pérdida, esperanza. Su cámara sabía mirar con ojos de niño y pensar con la responsabilidad de un adulto.
La madurez artística alcanzó una cumbre moral con Schindler’s List (1993). Allí, el niño judío que había sufrido burlas en el patio escolar enfrentó la tragedia de la Shoá con sobriedad y compasión. La película, rodada en blanco y negro, fue un acto de memoria e identidad. Más tarde, fundó la USC Shoah Foundation para preservar los testimonios de sobrevivientes del Holocausto, un aporte decisivo a la conciencia histórica del pueblo judío y de la humanidad.
Su obra es vasta y diversa: guerra y humanidad en Saving Private Ryan (1998), justicia y dignidad en Amistad (1997), reflexión política en Munich (2005), lirismo y resiliencia en The Fabelmans (2022), donde revisitó su propia infancia. Cada etapa revela un creador que combina espectáculo y profundidad ética, técnica impecable y ternura narrativa.
En el plano personal, Spielberg ha sido descrito como perfeccionista, sensible y reservado. De estatura media, cabello claro en su juventud y barba discreta en su madurez, su presencia física nunca eclipsó su intensidad interior. Su carácter mezcla determinación férrea y empatía genuina. Quienes trabajan con él destacan su disciplina, pero también su capacidad de escuchar.
Se casó primero con la actriz Amy Irving, con quien tuvo un hijo. En 1991 contrajo matrimonio con la actriz Kate Capshaw, compañera de vida y madre de varios de sus hijos; juntos formaron una familia numerosa y diversa, integrada por hijos biológicos y adoptivos. La familia es para Spielberg un núcleo esencial, un refugio y una inspiración constante.
Su relación con Israel ha sido cercana y comprometida. Ha apoyado causas educativas y culturales vinculadas al Estado judío y ha defendido públicamente el derecho de Israel a existir en paz y seguridad. Sin adoptar discursos estridentes, su aporte a la causa sionista ha sido principalmente cultural y moral: fortalecer la memoria histórica, combatir el antisemitismo y afirmar la identidad judía en el escenario global.
Los premios y homenajes coronan su trayectoria: múltiples Premios Oscar —incluidos los de Mejor Director por Schindler’s List y Saving Private Ryan—, Globos de Oro, BAFTA, el Premio Irving G. Thalberg, la Medalla Presidencial de la Libertad en Estados Unidos y distinciones internacionales que reconocen no solo su talento técnico, sino su impacto cultural.
Steven Spielberg no es solo un cineasta; es un narrador de la condición humana. En sus películas laten el miedo y la maravilla, la memoria y la redención. Desde aquel niño judío que filmaba con una cámara doméstica hasta el maestro consagrado que honra la historia de su pueblo, su vida es un testimonio de imaginación al servicio de la memoria. En la penumbra de una sala de cine, cuando la pantalla se ilumina, aún resuena la voz de aquel niño que aprendió a transformar la vulnerabilidad en arte y el recuerdo en luz.
Marta Arinoviche
