A medida que avanza el conflicto militar entre Israel y Estados Unidos contra Irán —y su derivación en enfrentamientos con el grupo terrorista Hezbollah—, en círculos militares crece la percepción de que el desenlace bélico ya está prácticamente definido desde el punto de vista estratégico. Sin embargo, el interrogante central sigue siendo político: si el régimen iraní podrá sobrevivir una vez concluida la ofensiva.
Funcionarios estadounidenses e israelíes revelaron que el ataque conjunto lanzado el 28 de febrero de 2026 no fue una decisión improvisada ni una reacción inmediata. Según fuentes militares citadas por medios internacionales, la operación fue el resultado de semanas de planificación y coordinación estratégica entre ambos países.
Los planes iniciales contemplaban iniciar la ofensiva una semana antes, pero el cronograma fue modificado por consideraciones operativas, de inteligencia y también diplomáticas. Finalmente, la operación comenzó con bombardeos aéreos contra múltiples objetivos en distintas ciudades iraníes, apuntando a instalaciones militares clave y posiciones consideradas de alto valor estratégico.
Fuentes oficiales señalaron que la fecha elegida buscaba maximizar el impacto táctico a partir de información de inteligencia reciente. El retraso permitió ajustar los planes y coordinar mejor las capacidades militares involucradas en la ofensiva.
La revelación de que el ataque había sido planificado con anticipación alimentó el debate internacional sobre las decisiones políticas que precedieron al inicio de las hostilidades. Mientras algunos gobiernos aliados respaldaron la acción militar como un paso necesario para contener las capacidades estratégicas de Irán, otros analistas sostienen que la postergación inicial reflejó tensiones entre las opciones diplomáticas y la decisión de recurrir a la fuerza.
Más allá del desarrollo militar del conflicto, la incógnita que empieza a plantearse en los análisis estratégicos es qué ocurrirá después. El escenario político en Irán podría abrir una etapa compleja si el régimen se debilita o pierde el control, un desafío que recuerda a las dificultades que enfrentó Irak tras la intervención liderada por Washington en 2003.
Mientras continúan las operaciones, el foco internacional comienza a desplazarse hacia el día después de la guerra: cómo terminará el conflicto, qué equilibrio regional emergerá y si en Irán surgirán fuerzas civiles capaces de reorganizar el poder político en el país.
