Desde el centro de Israel, Alex Rudnicki describe una realidad atravesada por la tensión constante, donde la vida cotidiana se reorganiza al ritmo de las alarmas. “No dormimos… en las últimas tres semanas, noches completas creo que tuvimos dos”, relata, al dar cuenta del desgaste físico y emocional que implica interrumpir el descanso varias veces por noche para correr hacia un refugio.
La cercanía de la violencia dejó de ser abstracta: a menos de un kilómetro de su casa, una pareja murió tras no lograr llegar a tiempo a la habitación protegida. “No llegaron en los cinco minutos que hay desde el aviso hasta la alarma misma”, explica Rudnicki, señalando las limitaciones que enfrentan especialmente los adultos mayores o personas con dificultades de movilidad. A ese escenario se suman situaciones colaterales igual de trágicas, como accidentes de tránsito en medio del caos: “Hoy manejar en Israel es lo más peligroso que hay… la gente está manejando como loca”.
En su análisis, el entrevistado introduce una mirada que busca dimensionar el conflicto más allá de la percepción inmediata. “Si vos tenés un objetivo en la guerra, conseguirlo en dos o tres semanas es casi imposible”, afirma, al tiempo que subraya que el número de víctimas es considerablemente menor al que se hubiera esperado en un enfrentamiento de esta magnitud. Sin embargo, advierte que la amenaza persiste y que las soluciones estructurales parecen lejanas: “Si seguís probando exactamente lo mismo… el resultado no va a ser diferente”.
A pesar del contexto, la vida continúa con una mezcla de resiliencia y adaptación. Rudnicki cuenta cómo, incluso en medio de las sirenas, la sociedad encuentra formas de sostener la rutina: “Entrás a cualquier edificio y nadie te dice una palabra… te preguntan si querés tomar algo”, describe. Y agrega una postal que resume esa dualidad: bares llenos, gente compartiendo una cerveza, mientras la incertidumbre sigue latente.
Con la festividad de Pesaj en el horizonte, la preocupación se traslada también al plano familiar. La posibilidad de celebrar de manera virtual, como en tiempos de pandemia, vuelve a aparecer como una alternativa forzada. En ese equilibrio entre tradición, miedo y normalidad, la vida en Israel continúa, marcada por la resistencia cotidiana de quienes, como Rudnicki, viven “entre alarma y alarma”.
