Los misiles que agigantan el temor – Natalio Steiner

En una nueva noche de tensión en Israel, la amenaza misilística volvió a alterar la rutina de millones de ciudadanos, obligados otra vez a correr hacia los refugios mientras las alarmas se encendían en distintos puntos del país. Aunque los ataques lanzados desde Irán y también desde Hizbolá mantienen en vilo a la población, el cuadro general —según se desprende del análisis— es más complejo que la percepción inmediata de angustia, daño y vulnerabilidad que deja cada impacto.

La sensación de que la defensa israelí estaría siendo desbordada creció en las últimas horas a partir de los misiles que alcanzaron zonas como Dimona y Arad, donde hubo heridos y severos destrozos. Sin embargo, la evaluación planteada es que esos episodios, aun siendo graves, no reflejan por completo el funcionamiento del sistema defensivo. Israel habría logrado interceptar entre el 85 y el 87 por ciento de los misiles disparados desde Irán, una cifra significativa en medio de un escenario de guerra prolongada y de amenazas simultáneas desde varios frentes.

El problema se vuelve todavía más delicado en el norte, frente al fuego proveniente del Líbano, donde la cercanía geográfica reduce al mínimo el tiempo de reacción. En esos casos, los civiles cuentan con apenas segundos para buscar resguardo, lo que multiplica la sensación de indefensión. A eso se suma el desgaste emocional acumulado: despertarse una o dos veces por noche, interrumpir la vida cotidiana y convivir con la incertidumbre permanente profundiza un clima de miedo que trasciende el daño material.

En ese contexto, la lectura es que Israel no enfrenta una defensa perfecta ni impermeable, algo que ningún país podría garantizar frente a un volumen tan alto de ataques. Pero al mismo tiempo, la guerra sigue abierta y el objetivo estratégico continúa siendo el mismo: debilitar la capacidad militar iraní y convertir ese desgaste en una ventaja política. Mientras tanto, cada misil que cae no solo deja destrucción, sino que también alimenta una percepción de fragilidad que agranda el temor dentro y fuera del país.