¿Hasta qué punto la guerra se infiltró en lo cotidiano? – Yeyo Iudchak y Alicia Gorn

Mientras en Buenos Aires el mediodía transcurría con normalidad, en Nahariya, al norte de Israel y a apenas nueve kilómetros de la frontera con el Líbano, una nueva alarma interrumpía otra escena cotidiana: un café entre amigos, una charla de mediodía, una ciudad intentando seguir adelante en medio de la guerra.

Desde esa ciudad israelí, Yeyo Iudchak y Alicia Gorn describieron cómo se vive bajo una tensión permanente que, aunque repetida, no deja de ser inquietante. “Hasta hace media hora te podría decir que estábamos todos tomando café en la calle, tranquilos. Y de repente, pum”, relató Yeyo, al explicar cómo una jornada aparentemente calma puede transformarse en segundos en una carrera hacia el refugio. Poco después, confirmaban que se habían registrado impactos en distintos puntos de la ciudad.

La conversación dejó en evidencia la forma en que la población del norte de Israel fue incorporando mecanismos de supervivencia a la vida diaria. En Nahariya, el margen para reaccionar ante un ataque es mínimo. “El tiempo que tenemos para entrar al refugio son 15 segundos”, explicó Alicia. En edificios altos, donde bajar por escalera hasta un refugio resulta inviable en ese lapso, muchas familias improvisan espacios de resguardo dentro de sus propios departamentos.

Pese al contexto, ambos insistieron en que la vida no se ha detenido por completo. Comercios abiertos, supermercados abastecidos y vecinos que todavía se visitan forman parte de una rutina alterada, pero persistente. “La cosa no es tan dramática como ustedes la ven por los puntitos rojos que aparecen”, sostuvo Yeyo, aunque reconoció que el desgaste es profundo y que sectores como el turismo y la cultura quedaron severamente golpeados. También advirtió sobre la falta de infraestructura en muchas zonas del norte y cuestionó la lentitud estatal para responder a una realidad que ya no parece excepcional.

Con décadas de guerras acumuladas en la memoria israelí, los entrevistados trazaron además una comparación dolorosa entre los conflictos del pasado y esta nueva modalidad de amenaza constante, donde drones, misiles y alarmas forman parte del paisaje sonoro. “Nosotros tenemos cuatro sirenas al día”, dijo Yeyo, casi como quien enumera horarios fijos de una rutina laboral. La frase, lejos de normalizar el horror, expone hasta qué punto la guerra se infiltró en lo cotidiano.