Tras otra noche de alertas y ataques misilísticos esporádicos por parte de Hamás y Hezbollah, Israel amaneció sin víctimas fatales ni daños de consideración, aunque con una creciente preocupación política y estratégica. En el centro del debate quedó la decisión de Donald Trump de postergar por al menos diez días una eventual ofensiva contra instalaciones energéticas iraníes, una señal que en distintos sectores israelíes es interpretada con desconcierto.
La postergación abre múltiples lecturas. Una de ellas apunta a que Washington busca cerrar el conflicto con una imagen de triunfo diplomático y capacidad de negociación. Otra hipótesis señala que Estados Unidos estaría esperando el arribo de refuerzos militares a la región para negociar desde una posición de fuerza, incluso con la amenaza de una intervención en zonas sensibles del Golfo Pérsico, donde el estrecho de Ormuz sigue siendo uno de los puntos más delicados del conflicto. También se especula con que la Casa Blanca estaría apostando a que, con más tiempo, emerjan tensiones internas dentro del régimen iraní.
Sin embargo, en Israel no solo inquieta la demora, sino también algunos puntos que podrían formar parte de un eventual entendimiento con Teherán. Entre las principales preocupaciones figura el destino del uranio enriquecido en poder de Irán y la posibilidad de que parte de ese material no sea entregado. También genera alarma la eventual flexibilización de sanciones económicas, una medida que podría permitir al régimen reconstruir su capacidad misilística y reactivar estructuras estratégicas hoy debilitadas.
A esto se suma una tercera preocupación: la falta de garantías sobre el financiamiento iraní a sus milicias aliadas en la región, como Hezbolá y los hutíes. En este contexto, mientras Irán sigue siendo observado con desconfianza, en Israel y en varios países árabes del Golfo comienza a crecer otra inquietud: no solo qué hará Teherán, sino también cuál será el verdadero alcance de los próximos movimientos de Washington.
