En la antesala de una nueva celebración de Pésaj, el rabino Alejandro Avruj, de la comunidad Amijai, compartió una profunda reflexión sobre el significado de la festividad en un contexto atravesado por el dolor, la incertidumbre y la necesidad de reconstrucción, tanto a nivel individual como comunitario.
Lejos de presentar a Pésaj como un simple recuerdo histórico, Avruj remarcó que su mensaje sigue vigente y se resignifica con el paso del tiempo. “Pesaj se vuelve a resignificar, vuelve a traer ese mensaje de esperanza, de asumir los momentos difíciles que uno tiene que aprender a atravesar en lo colectivo, en lo social, a nivel comunidad, a nivel pueblo, a nivel país y también a nivel personal”, señaló. En esa línea, explicó que Egipto no debe entenderse solamente como un territorio geográfico, sino como una experiencia existencial: un lugar interno de opresión, miedo o estancamiento del que cada persona está llamada a salir.
Al referirse al presente del pueblo judío y, en particular, al difícil momento que atraviesa Israel, el rabino expresó su cercanía con quienes viven la guerra en carne propia. “Estamos viviendo un momento crítico, dificilísimo y desde acá no podemos otra cosa más que enviar nuestro abrazo a todos nuestros hermanos y hermanas en Israel”, afirmó. Para Avuj, incluso en medio de la angustia, Pésaj trae consigo una certeza espiritual: “Pesaj vuelve para decirnos que vamos a salir de Egipto también”.
Uno de los ejes centrales de su mensaje fue la cuestión del liderazgo. Frente a la sensación de vacío o desconfianza hacia quienes conducen, propuso una mirada introspectiva: “Uno tiene que empezar a ser por sobre todas las cosas líder de su propia vida, líder de sus propias elecciones, libre de sus propias decisiones, libre de sus propias ideas”. En ese marco, desarrolló una poderosa imagen simbólica: la existencia de dos voces interiores, una asociada al “faraón” y otra a “Moshé”. “El faraón es el que te dice: ‘Vos de este problema que tenés nunca vas a poder salir’”, explicó, mientras que la otra voz, más genuina, es la que invita a creer que el cambio sí es posible.
En el tramo final de su reflexión, Avruj apeló a dos de los símbolos más conmovedores del Séder para dejar un mensaje de esperanza. El primero fue la matzá quebrada, que representa todo aquello que en la vida aparece roto o incompleto. “Hay cosas quebradas, hay cosas que no son como quisiéramos. Hay mesas que no van a estar completas, hay familias que no se van a poder encontrar”, expresó. Sin embargo, recordó que el pedazo faltante reaparece al final de la noche, de la mano de los más chicos, como símbolo de futuro, reparación y continuidad.
La segunda imagen fue la del maror, lo amargo, que en la mesa de Pesaj se combina con el jaroset, lo dulce. Allí condensó quizá la idea más luminosa de toda su reflexión: “En la bendición de lo amargo también comemos lo dulce porque la vida no es toda amarga, no es toda quebrada, no es toda falta. También hay bendición, también hay alegría, también hay cosas buenas”. En un año especialmente sensible para muchas familias judías en Israel y la diáspora, el mensaje de Pesaj vuelve a resonar como una invitación a no resignarse al dolor y a seguir creyendo en la posibilidad de redención.
