Ernesto Kahan, Israel
Esta es una metáfora de la política internacional donde los conflictos globales se representan como una sopa en constante ebullición.
Mientras revolvía la sopa lentamente, como si el cucharón fuera un diplomático cansado, pensé que a esta sopa le faltaban ingredientes fundamentales para que sea verdaderamente internacional y, por supuesto, intragable.
Le agregué entonces una pizca de miedo nuclear, que no se ve, pero se siente, como cuando la suegra dice “no te preocupes, yo solo observo”. Después, unas gotitas de orgullo nacional, que siempre hierven más de la cuenta y hacen saltar la tapa de la olla, aunque uno jure que estaba todo bajo control.
Mi hija me miraba y me decía:
—Papá, no mezcles tanto, que se va a cortar.
Pero ya era tarde. Porque cuando uno empieza a mezclar historia, religión, petróleo, misiles y memorias antiguas, no hay receta que aguante. Es como querer hacer “kneidalaj” sin matzá: parece posible en teoría, pero en la práctica termina siendo otra cosa, generalmente un desastre con buena intención.
Entonces decidí agregarle a la sopa un ingrediente secreto: un poco de sentido común. Pero no encontré en ningún lado. Busqué en la alacena, en la heladera, incluso detrás de los discursos de los líderes… nada. Vacío total. Como esas promesas que se hacen en campaña y después se evaporan más rápido que el vapor del caldo.
Para compensar, le puse humor. Mucho humor. Del que se usa cuando no queda otra; del que transforma una tragedia en un chiste para poder seguir respirando.
Porque, al final, pensé, esta sopa no la vamos a terminar nunca. Siempre habrá alguien que diga que le falta sal, otro que está seguro de que sobra pimienta, y un tercero que directamente quiere tirar la olla por la ventana… pero desde su propia casa, por supuesto.
Y mientras tanto, nosotros seguimos comiendo, con cuidado de no quemarnos, soplando cada cucharada como si fuera una negociación de último minuto.
Mi hija volvió a hablar:
—¿Está rica?
La probé. Dudé. Miré la olla, el mundo, y un poco el cielo.
—Mirá —le dije—, no sé si está rica… pero está caliente. Y por ahora, en este mundo, eso ya es mucho.
Mientras tomaba la sopa me di cuenta de algo fundamental: el mundo no está en guerra… el mundo está mal cocinado.
No es lo mismo.
Porque una guerra, con suerte, termina. Pero una mala receta… eso queda en la familia por generaciones.
Entonces miré la olla. La miré bien. Y comprendí que ahí adentro estaba todo: los países, los discursos, los expertos en televisión que saben exactamente lo que hay que hacer… pero nunca cocinan.
Primero apareció una zanahoria con acento persa, muy digna, que decía:
—Yo no estoy aquí para dar sabor, estoy aquí para cambiar el equilibrio del caldo.
Del otro lado, un pollo nervioso, claramente de origen mediterráneo, gritaba:
—¡Equilibrio! ¡Si acá nadie respeta la receta original!
En ese momento, un kneidal —que hasta ese instante parecía tranquilo— empezó a inflarse peligrosamente.
—Yo soy defensivo —decía—, pero si me provocan, crezco, hasta que ocupó media olla y pidió reconocimiento internacional.
Yo traté de intervenir:
—Por favor, señores ingredientes, esto es una sopa, no una asamblea general.
Pero nadie escuchaba. Porque en esta sopa todos hablan al mismo tiempo.
De pronto, desde el fondo, algo burbujeó. Era una papa vieja, muy vieja, que había visto muchas sopas antes.
—Esto ya pasó —dijo—. Siempre empieza igual: uno calienta, otro se ofende, un tercero interviene, y al final… nadie sabe quién encendió el fuego.
Entonces apareció una cuchara enorme, que decía representar a todos, pero no lograba ponerse de acuerdo ni consigo misma. Revolvía de un lado a otro, empeorando todo con gran profesionalismo.
Mi hija me miró preocupada:
—Papá… esto ya no es comida.
—No —le dije—. Esto ya es política internacional con verduras.
En ese instante, alguien propuso un alto el fuego. Pero nadie sabía cómo apagar la hornalla sin que la sopa se enfríe demasiado, lo cual —según todos— sería aún peor.
El kneidal gigante seguía creciendo.
La zanahoria negociaba consigo misma.
El pollo citaba textos antiguos.
La papa recordaba catástrofes pasadas con precisión innecesaria.
Y la cuchara… la cuchara hacía conferencias.
Entonces hice lo único razonable, apagué el fuego.
Silencio.
Todos los ingredientes se quedaron quietos, sorprendidos, como si alguien hubiera dicho una verdad en voz alta.
Probé la sopa… ¡Fría! ¡Horrible!
Mi hija preguntó:
—¿Y ahora qué hacemos?
La miré, levanté los hombros, y le dije:
—Ahora… la volvemos a calentar. Porque aparentemente, no sabemos vivir de otra manera.
Mientras la sopa reposaba —o discutía, que a esta altura es lo mismo— decidí ordenar un poco el caos. Error mío. En una sopa internacional, el orden es considerado una provocación.
Primero propuse una votación, cada ingrediente tendría un voto. Democracia pura.
El pollo votó por más caldo.
La zanahoria votó por cambiar el sistema de cocción.
La papa votó en contra de todo, por tradición.
El kneidal pidió voto doble “por razones de seguridad”.
Y la sal… la sal se abstuvo, pero condicionó su abstención a futuras negociaciones.
Entonces apareció un tomate que nadie recordaba haber invitado.
—Yo represento a la opinión pública —dijo—, y estoy indignado.
—¿Por qué? —pregunté.
—Todavía no lo sé —respondió—, pero en cuanto lo sepa, será demasiado tarde.
La votación fracasó con gran éxito.
Decidí entonces intentar un enfoque más profundo, más… digamos… talmúdico.
Dos cebollas comenzaron a discutir:
—Si la sopa está demasiado caliente, es porque alguien la calentó.
—No —respondió la otra—, es porque alguien no la enfrió.
—Pero si nadie la hubiera calentado, no habría nada que enfriar.
—Y si nadie la hubiera enfriado, no sabríamos que estaba caliente.
Ambas tenían razón y por lo tanto, nadie podía hacer nada.
Un ajo intervino:
—Quizás el problema no es la sopa, sino nuestra interpretación de la sopa.
Se hizo un silencio incómodo. Nadie quería llegar tan lejos.
En ese momento, varios ingredientes comenzaron a emigrar.
Un perejil dijo:
—Yo me voy a otra olla. Esta no tiene futuro.
El kneidal, en cambio, no se movía.
—Yo no me voy —declaró—. Si me voy, la sopa deja de ser sopa de “Pésaj”.
Nadie se atrevió a contradecirlo. No por acuerdo, sino por cansancio.
De pronto, la cuchara convocó a una conferencia.
—Señores ingredientes —dijo con solemnidad—, hemos alcanzado un momento histórico: estamos todos en desacuerdo.
Aplausos.
—Por lo tanto —continuó—, proponemos una solución equilibrada: cada uno seguirá haciendo exactamente lo que hacía antes, pero con más intensidad.
Ovación.
Mi hija, que hasta ahora observaba en silencio, me preguntó:
—Papá, ¿tiene arreglo, esto?
La miré. Miré la sopa. Miré la historia, que burbujeaba discretamente en el fondo.
—Sí —le dije—. Siempre tiene arreglo.
—¿Y cuál es?
Tomé aire.
—Que cada ingrediente recuerde que es comida… y no destino.
Mientras la sopa de pollo con kneidalaj seguía hirviendo como si tuviera opinión propia, entendí que ya no estaba cocinando una cena de Pésaj. Estaba moderando el mundo.
El primero en hablar fue Donald Trump, que apareció como pimienta: fuerte, imprevisible y convencido de que sin él la sopa no existe.
—Esta sopa sería la mejor sopa —dijo—, si me hicieran caso.
Desde el fondo oscuro del caldo, una voz grave respondió. Era el Ayatolá —no uno, sino todos condensados en una sola cebolla metafísica—:
—La sopa no necesita ser mejor. Necesita ser correcta.
La zanahoria tembló.
En ese momento, una papa fría, perfectamente calculada, murmuró con acento del este. Era Vladimir Putin:
—La sopa ya está como yo quería… solo que ustedes todavía no lo saben.
Nadie respondió. Porque en las sopas, como en la historia, hay silencios que pesan más que los discursos.
De pronto, entró un perfume elegante, casi innecesario. Era Emmanuel Macron, que no agregaba mucho sabor, pero insistía en explicar cómo debería oler.
Detrás suyo, con tono preocupado, Pedro Sánchez mientras jugaba en el billar, intentaba redactar una receta inclusiva donde todos los ingredientes se sintieran representados… incluso los que no estaban en la olla y en el billar, no daba tiro con bola.
La nafta empezó a oler.
Nadie la había invitado, pero estaba ahí. Siempre está.
—Sin mí no hierven —susurró—. Pero conmigo… todo puede incendiarse.
Los ingredientes hicieron como que no la escuchaban. Es más fácil discutir que admitir lo evidente.
Entonces llegaron ellos: los periodistas y analistas de televisión.
No eran ingredientes. Eran… vapor.
Subían, bajaban, opinaban.
—La sopa está demasiado caliente.
—No, está fría.
—No, en realidad está en un punto histórico.
Uno de ellos incluso probó el aire y dijo:
—Hay notas de conflicto con un final incierto.
La sopa seguía igual.
En ese momento apareció mi loro, no dijo nada. Miró la olla. Me miró a mí.
Ese silencio… ese silencio tenía más autoridad que todos los discursos combinados.
Finalmente habló: —Le falta algo.
—¿Qué? —pregunté, derrotado.
—Sentido —dijo.
Y se acostó en su palo
En el rincón, casi invisible, como una foto, estaba mi abuelo, no intervenía. No opinaba. Solo miraba la sopa como quien ya ha visto demasiadas.
Me acerqué.
—¿Qué pensás? —le pregunté.
Tardó en responder.
—Esto ya lo vi —dijo finalmente—. Cambian los nombres… pero la sopa siempre cree que es la primera vez que hierve.
Volví a la olla.
El kneidal había dejado de crecer. No por acuerdo. Por agotamiento.
La zanahoria ya no discutía.
La papa no sonreía.
La nafta seguía oliendo.
Los analistas seguían explicando lo inexplicable.
Y los líderes… bueno, los líderes seguían siendo ingredientes que creen que son cocineros.
Apagué el fuego y la serví a todos los comensales
Al unísono, todos preguntaron —¿Está mejor?
La probé.
—No —les dije—. Pero está más honesta.
Y pensé —sin decirlo— que tal vez, en medio de tanta receta fallida, de tanta historia repetida, de tanto fuego mal administrado…
El verdadero milagro no es entender la sopa, ni siquiera arreglarla, sino que todavía,
a pesar del olor, del ruido, de la nafta y de los discursos, alguien prepare comida,
alguien pregunte si está rica, y alguien… todavía, quiera compartirla en el “Seder de Pésaj”.

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