En tiempos de guerra, las sociedades no solo se enfrentan a misiles, enemigos y pérdidas humanas. También libran una batalla silenciosa, profunda y corrosiva: la lucha contra el desánimo. El periodista Natalio Steiner puso en palabras una de las tensiones más delicadas que atraviesan hoy a la sociedad israelí: cómo sostener la firmeza nacional en medio del dolor, la fatiga y la incertidumbre.
La muerte de un joven soldado de apenas 21 años en el frente libanés, víctima de fuego amigo, volvió a abrir heridas que nunca terminan de cerrar. Cada vida perdida en Israel pesa de una manera particular, porque detrás de cada uniforme hay una historia, una familia, un futuro interrumpido. Y en ese escenario, las preguntas aparecen con crudeza: por qué seguir, cuánto más resistir, cuál es el sentido de una guerra que parece no agotarse.
Pero el problema, advierte Steiner, no es que esas preguntas existan. El problema sería permitir que esas dudas se transformen en parálisis moral o en resignación colectiva. Porque si algo ha demostrado la historia reciente de Israel es que los enemigos que lo rodean no interpretan el cansancio como humanidad, sino como debilidad. Hizbolá no es, en esta lectura, un actor circunstancial ni un adversario negociable en términos convencionales: es una amenaza estructural, sostenida durante décadas, alimentada por Irán y orientada con un objetivo explícito, la destrucción del Estado judío.
Por eso, el debate sobre un alto el fuego o una salida rápida no puede darse desde la comodidad del análisis lejano, sino desde la realidad concreta de quienes viven bajo fuego constante en el norte del país. Son ellos quienes saben que una tregua vacía, un acuerdo transitorio o una falsa calma pueden ser simplemente el prólogo de una nueva escalada. En Medio Oriente, muchas veces, lo provisional termina siendo apenas una pausa antes del próximo ataque.
La guerra desgasta, entristece y golpea. Eso es inevitable. Lo que no puede volverse inevitable es la cadena del desánimo. Porque cuando una sociedad deja que el agotamiento se convierta en narrativa, el enemigo ya ha conseguido una parte de su victoria. Israel no enfrenta solamente una confrontación militar: enfrenta también el desafío de no ceder anímicamente ante quienes buscan quebrarlo desde afuera y desde adentro del espíritu colectivo.
La fortaleza, en este contexto, no consiste en negar el dolor, sino en no dejar que el dolor dicte el rumbo. Y quizás allí esté hoy una de las claves más profundas de la resistencia israelí: seguir de pie, incluso cuando el precio es insoportablemente alto.
