Danny Citrinowicz
La campaña militar no produjo un cambio fundamental en las posiciones centrales de Irán con respecto a las negociaciones con la Administración estadounidense.
Por lo tanto, y a la luz de la sensación de éxito en la campaña, es dudoso que Irán esté dispuesto a hacer concesiones sustanciales en cuanto al fortalecimiento de sus fuerzas convencionales o su apoyo a sus proxies [aliados] regionales.
Sin embargo, Teherán podría mostrar cierta flexibilidad en el tema del material [uranio] enriquecido, haciendo hincapié en su dilución, siempre que esto vaya acompañado de una compensación en forma de un amplio alivio de las sanciones, junto con el reconocimiento del derecho de Irán al enriquecimiento, de acuerdo con la visión del mundo fundamentalista de Ali Khamenei.
Ante la posición iraní, la Administración estadounidense enfrenta una decisión estratégica: adoptar un acuerdo esencialmente similar al que era factible antes de la escalada, o arriesgarse a un nuevo deterioro que derive en una escalada e incluso en una confrontación más amplia.
Al mismo tiempo, Irán está muy preocupado por los acontecimientos en el Líbano.
Irán considera su compromiso con el “Eje de la Resistencia” como un componente fundamental de su doctrina de seguridad, que le garantiza profundidad estratégica.
En consecuencia, actualmente opera con una estrategia de doble vía: por un lado, insiste en incorporar a Hezbollah a cualquier acuerdo de alto el fuego; por otro, continúa tomando medidas ofensivas calculadas para mantener su influencia, principalmente mediante la regulación del tránsito en el Estrecho de Ormuz, una acción destinada a ilustrar las consecuencias globales de un fracaso diplomático, junto con amenazas de un posible regreso a los combates.
En resumen, Teherán llega a la mesa de negociaciones en Islamabad convencido de tener la ventaja en la campaña militar, por lo que si el Gobierno espera concesiones drásticas por su parte, las negociaciones podrían ser más cortas de lo previsto.
Eldad Shavit
El principal desafío que enfrenta ahora la Administración Trump es convertir un frágil alto el fuego en un acuerdo estable, a pesar de las profundas diferencias con Irán en temas como el enriquecimiento de uranio, el estrecho de Ormuz y la conexión entre los ámbitos iraní y libanés.
Esto ocurre en un momento en que Trump aún no ha logrado la imagen de victoria clara, contundente e inequívoca que necesita para presentar un logro estratégico distintivo ante el público estadounidense y el mundo.
En pocas palabras, Trump debe demostrar que la transición de la campaña militar a la mesa de negociaciones no se percibe como una retirada estadounidense ni una concesión a Irán, al tiempo que gestiona el proceso de manera que conduzca a un acuerdo que impida que Estados Unidos se vea arrastrado nuevamente a una confrontación con Irán.
Yoel Guzansky
La guerra entre Irán, Estados Unidos e Israel ha colocado a los países del Golfo en una posición compleja e incluso ha empeorado su situación estratégica.
A pesar del daño sufrido por Irán, el régimen ha sobrevivido y demostrado resiliencia, manteniendo importantes mecanismos de presión, especialmente la capacidad de amenazar el Estrecho de Ormuz y la infraestructura energética del Golfo.
Al mismo tiempo, la guerra ha agudizado, a ojos de los Países del Golfo, las limitaciones de la garantía de seguridad estadounidense y la incapacidad de las alternativas —potencias externas, alianzas regionales o autosuficiencia— para proporcionar una seguridad real.
En consecuencia, es probable que los Países del Golfo continúen con una política de diversificación de riesgos: combinando la dependencia continua de Estados Unidos, el fortalecimiento de su presencia militar (especialmente en defensa antimisiles y de vehículos aéreos no tripulados [drones]), la diversificación de sus alianzas internacionales y el intento de reducir las tensiones con Irán.
Paralelamente, podrían promover soluciones para sortear el Estrecho de Ormuz y, a largo plazo, considerar también capacidades de disuasión no convencionales si se confirma que Irán conserva capacidad nuclear.
En resumen, la guerra no ha resuelto los problemas de seguridad de los Países del Golfo e incluso ha puesto de manifiesto que casi todas las alternativas estratégicas a su disposición son parciales y problemáticas.
Orna Mizrahi
Hezbollahconcluye este capítulo con resultados mixtos: por un lado, la organización cumplió su función para Irán, involucró a Israel en un frente adicional, demostró relevancia y una rápida capacidad de recuperación, y se mantuvo como un actor amenazante y disuasorio en el Líbano.
Por otro lado, pagó un alto precio en pérdidas, daños a la infraestructura, fracaso en detener a las Fuerzas de Defensa de Israel en el sur del Líbano o en crear nuevas alianzas, y se hanprofundizadolas críticas públicas en su contra.
A pesar de todo esto, tampoco es posible pronunciar un elogio fúnebrea Hezbollahen esta ocasión.
Incluso si la campaña actual continúa, no se rendirá fácilmente y reanudará la inversión, con la ayuda de Irán, en su rehabilitación y el fortalecimiento de su posición, y actuará con determinación para impedir la implementación de la propuesta del presidente Aoun de entablar negociaciones directas con Israel.
Fuente: INSS – The Institute for National Security Studies

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