Parashat Shemini-El fuego, el silencio y la vida que insiste

No todo fuego ilumina.
No todo silencio es vacío.
Y no todo lo que se presenta como sagrado lo es.
En tiempos de confusión y palabras apresuradas, Shemini nos obliga a pensar… y a elegir la vida.

Hay momentos en los que creemos que todo está en su lugar. Los marcos están construidos, los roles definidos, el sentido parece claro.

Parshat Sheminí comienza así: como un inicio ordenado, casi perfecto. Es el “octavo día”. Todo está listo para que la vida colectiva funcione.

Un fuego desciende y consagra. Y sin embargo, en ese mismo instante, irrumpe lo inesperado.

Nadav y Avihú ofrecen un “fuego extraño”. No pedido. No indicado. No compartido. Un exceso.

Y entonces ocurre lo irreparable.

El mismo fuego que antes había sido señal de cercanía y sentido, ahora consume. La misma fuerza que podía iluminar… se vuelve destructiva.

Pero en el centro del relato no está solo el fuego. Está también el silencio.

Aarón calla.

Y en mi humilde opinión ese silencio —tan difícil de sostener— nos enfrenta a un límite: no todo puede ser explicado, no todo puede ser dicho, no todo puede ser comprendido.

Hay dolores que no admiten palabras suficientes.

Tal vez por eso esta parashá resuena de un modo particular en estos días en que en una suerte de carrera vertiginosa, y mientras contamos los días “sefirat haomer”,  nuestro calendario nos lleva desde la memoria de la salida de Egipto —símbolo de libertad— hacia otros hitos mucho más cercanos y desgarradores: Yom HaShoá, Yom HaZikarón, para recalar luego en  Yom HaAtzmaut, en un año nuevamente complejo, para Medinat Israel y para quienes desde la diáspora “vivimos cada día con Israel” .

Días que no son aislados, sino un continuo. Días de silencio. Días de memoria. Días en los que, sin embargo, la vida vuelve a abrirse paso. Porque la vida insiste, a pesar de todo.

Shemini, leída en este tiempo, nos obliga a preguntarnos:

¿Qué hacemos con el fuego que tenemos en nuestras manos? ¿Qué hacemos con el poder —personal, político, moral— que ejercemos?

Porque el problema no es el fuego en sí. Es cómo lo usamos.

Un fuego sin límites, sin marco, sin responsabilidad… arrasa. No construye. No inspira. No conduce. Y esto no es sólo una cuestión ritual.  Es una interpelación profundamente humana y política.

Cuando el poder se ejerce desde el impulso, desde la certeza absoluta o desde la necesidad de imponerse, deja de ser fuente de sentido y se convierte en “fuego extraño”. Un fuego que puede consumir justamente aquello que debía proteger.

Frente a eso, la parashá introduce otro eje, menos visible pero igual de profundo: la disciplina. La capacidad de distinguir. De poner límites. De reconocer que no todo está permitido. No todo lo que podemos hacer, debemos hacerlo.

Esa práctica —que aparece en las leyes  de kashrut, que parecen técnicas— es, en el fondo, una educación del carácter. Una forma de aprender a gobernarnos, y también, de construir una sociedad que no lo tolere todo: ni la violencia, ni la humillación, ni la injusticia.

Porque lo verdaderamente sagrado no se define por lo que se proclama, sino por lo que se protege.

Y ahí aparece el criterio más radical de nuestra tradición: la vida.

Elegir la vida no es una consigna abstracta. Es una responsabilidad concreta. Es negarse a convertir el dolor en instrumento. Es no sacralizar el poder. Es no dejarse seducir por fuegos que arrasan en nombre de grandes palabras.

Tal vez, entonces, consagrar lo profano sea justamente esto: cuidar la vida concreta, sostener los vínculos, fortalecer esa red que nos contiene cuando el sentido se quiebra.

Nadie atraviesa estos días —ni la historia, ni el presente— en soledad. Y tal vez ahí también se encuentre una forma de respuesta a la vieja pregunta: ¿de dónde vendrá mi ayuda? Creo que vendrá, muchas veces, de esa red. De la memoria compartida. Del compromiso con la continuidad. De la decisión —una y otra vez— de seguir eligiendo la vida.

Que estos días nos encuentren fortaleciendo nuestra identidad, nuestro sentido de pertenencia y nuestro compromiso con la continuidad.  Y que no dejemos de preguntarnos —también hoy, también frente a Israel— qué tipo de sociedad queremos sostener: una que cuide la vida, que respete la diversidad, que no confunda poder con verdad ni seguridad con imposición.

Que sepamos, incluso en medio del dolor y del silencio, sostener un fuego que ilumine… y no que arrase.

Porque el desafío no es solo existir, sino cómo elegimos existir.

SHABAT SHALOM UMEBORAJ

Con afecto sincero,

Batia D. de Nemirovsky