RV: Detalle que no conocías del Libro de Job

 Se acerca Rosh Hashaná y con ello comienzan los Diez Días en los que el pueblo judío se prepara para la etapa de reflexión por excelencia. Según la tradición judía, es el aniversario de la Creación y, por lo tanto, el momento en que D-os decide cuál será el destino de cada objeto creado a lo largo de los siguientes 12 o 13 meses lunares (dependiendo del orden del calendario hebreo).
No es una idea surgida de la nada. Esta noción de la renovación de la naturaleza estuvo presente en todas las antiguas culturas mesopotámicas y cananeas. La cultura judía es la única que preserva ese saber ancestral.

Por supuesto, la forma en la que estas otras culturas entendían el proceso era un poco diferente. Pero conocerla nos ayudará a descubrir ciertos detalles interesantes que tienen que ver, curiosamente, con el libro de Job.

En las cosmogonías cananeas, la idea era esta: el dios El fue el padre de los dioses y engendró a 70 de ellos que fueron conocidos como los Elohim. El era un dios distante; señor absoluto de la creación, casi no mantenía contacto con esta, porque para eso estaban sus hijos, cada uno de los cuales dominaba sobre cierto aspecto de la naturaleza.

Cada año, justo en el aniversario de la Creación durante el mes de Tishrei, los Elohim se reunían en el monte donde moraba El (los griegos identificarían este monte como el Olimpo), y allí escuchaban las sentencias de su padre. Porque ese era el momento en que El decidía cuál sería la suerte no sólo del mundo, sino también de los seres humanos y de los dioses.

El judaísmo destruyó todos los paradigmas politeístas de este tipo de mitos o creencias. El nombre El se usa en la Biblia para referirse a D-os, pero igualmente se usa el nombre Elohim. Es un concepto sorprendente, porque significa que los israelitas antiguos entendieron que los atributos de lo Divino no podían estar dispersos en muchas deidades, cada una con sus propios límites. Si realmente se iba a hablar de Lo Divino, todo tenía que estar unificado. Es decir, todo tenía que ser atributo de un solo D-os Único y Verdadero.

Por ello, el monoteísmo israelita no es excluyente. Es decir, no se trata de decir «este sí es D-os y Baal no». La Biblia critica duramente las estatuillas y los ídolos, señalando que lo Divino no radica allí y que es ridículo rendirles adoración.

Pero una cosa es criticar el fetiche y otra el concepto de lo Divino. En este último sentido, al usar los nombres El y Elohim indistintamente, queda claro que nuestros ancestros entendían a la perfección que todos los atributos divinos que las demás naciones percibían en los hijos de El, eran perfectamente válidos. Es decir, la humanidad no estaba tan perdida en su percepción de lo Divino. El único problema es que era una percepción fragmentaria y eso tiene implicaciones importantes, porque no se trata nada más de percibir lo Divino como fragmentario, sino la realidad misma.

Al entender que D-os es Uno, el judaísmo se convirtió en la primera cultura que entendió también que la realidad es una sola.

Por ello, la ordenanza de tener imágenes delante del Rostro de D-os, en realidad es la ordenanza de no tener imágenes (físicas o mentales) que distorsionen nuestra visión de la realidad.

Así que, entonces, todo ese juicio de año nuevo no es un padre de los dioses dictando sentencias entre sus hijos, los 70 dioses. Es un D-os Único que dicta esas sentencias, no desde una montaña, sino desde su realidad Absoluta, y acaso los únicos que son testigos de semejante evento son sus ángeles.

Esa es la idea en el capítulo 1 de Job: «Un día vinieron a presentarse delante del Señor los Hijos de D-os…» (Job 1:6). Y allí empieza la negociación entre D-os y Satán para decidir la suerte de Job.

Es Rosh Hashaná, el año nuevo. Es el único pasaje bíblico en el que se nos describe cómo funciona este proceso cósmico en el que nuestros destinos son decididos en la Corte Celestial.

El relato evidencia esa reminiscencia de las leyendas cananeas en las que los Elohim se reúnen con su Padre cada año, justo al inicio del nuevo ciclo. Sólo que aquí ya no existe esa relación filial propia de los mitos cananeos. Aquí no se habla del dios El, padre de los dioses, sino que se usa el Tetragrámaton (las cuatro letras sagradas del nombre de D-os), para señalar que fue quien reunió a los hijos de D-os. Con ese simple detalle, la lógica politeísta del mito cananeo está destruida. No es el dios padre con los dioses hijos, sino el D-os Único con sus ángeles, entre los cuales, por supuesto, también está Satán.

Esto conlleva otra reminiscencia de los mitos asirio-babilónicos y cananeos. En la saga de Baal, justo en una de estas reuniones es que se presenta Yam, el dios del mar, y provoca un problema entre los Elohim porque exige ser reconocido como el rey de los dioses. De allí va a surgir su conflicto con Baal que, eventualmente, lo derrotará. Por supuesto, no sin antes haber muerto y renacido para derrotar también a Mot, dios de los muertos.

En estos relatos, todo es mitológico. Es decir, todo es sobrenatural en el sentido de que se trata de explicar la realidad material como algo siempre dependiente de una dimensión que no vemos, de seres que no podemos comprender.

En el libro de Job no es así. Todo es un asunto eminentemente moral, y ese va a ser el tema del resto del libro: ¿Por qué la gente buena sufre?

Se conserva, muy en el estilo meso-oriental antiguo, la idea de un «hijo malvado» que interrumpe, que llega a provocar un problema delante de D-os y su corte. Ese es el rol de Satán, pero lo que está en juego no es el orden del universo, o ver quién será el rey entre los dioses. Eso ya no existe para el judaísmo, es una creencia neolítica completamente superada y abandonada.

El problema es, simple y sencillamente, el ser humano. Su realidad. Cómo será su suerte a lo largo del año.

El resto de la historia la conocemos: las desgracias de Job, las discusiones con sus amigos, y la monumental discusión final con D-os mismo.

Se nos dice que Job no pecó en ningún momento, pero ese instante en el que D-os se le presenta a manera de torbellino y lo cuestiona («¿dónde estabas tú cuando yo hice los cielos y la tierra?», y otras preguntas estrambóticas de ese calibre), para al final dejarle en claro que los designios de lo Verdadero y Divino, siempre se van a escapar de nuestra comprensión.

Sin embargo, la suerte de Job es cambiada y después de sus desgracias vuelve su prosperidad.

Con ello, el texto bíblico nos enseña que no debemos desesperar ni renunciar a nuestra vocación de hacer lo que es correcto, pero que también debemos siempre estar conscientes de que somos parte de algo muy grande, enorme, fuera de nuestro alcance: el universo mismo. A veces habrá cosas que no entendamos, pero para eso están los Diez Días de inicio de cada año.

Para ponernos en paz con nosotros mismos, con nuestros semejantes, y con D-os.

Eso no es un mito. Es nuestra lucha espiritual cotidiana.

IRVING GATELL

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